CIAD




"Los arboles no crecen tirando de las hojas"
J. Miguel Hoffmann  -  2º Edición


ÍNDICE

11 - Prólogo del Dr. Luis E. Prego Silva.
15 - Prólogo del Dr. José A. Valeros.
23 - Comentario del autor a los profesionales que lean este libro.
29 – Introducción.
37 – Agradecimientos.

I - EMBARAZO Y NACIMIENTO: ASPECTOS PSICOLÓGICOS / 39

41 - El embarazo psicológico (o: la psicología del embarazo).
43 - Además de la panza.
44 - El nacimiento.
46 - El post-parto.

II - LOS PRIMEROS SEIS MESES / 49

51 - Alrededor del nacimiento.
55 - El nido.
57 - No solo plumas hacen al nido.
59 – Nacimiento.
63 - ¿La teta o la mamadera?
64 - ¡Sonrió!
66 - De la sexta semana al sexto mes.
66 - Desarrollo emocional primitivo.

III - LOS SIGUIENTES SEIS MESES, HASTA CUMPLIR EL AÑO / 79

81 - Una base segura.
86 - ¿Qué es lo que busca el bebé al salir hacia el mundo?
92 - ¿Con qué se mueve el bebé para salir hacia el mundo?
100 - Los tres bebés de mamá.
106 - Una función deseable, poco conocida.
109 - ¿Qué cosa les pone a sus iniciativas cada bebé?
120 - ¿A qué lleva la realización de iniciativas por parte del bebé?
126 - Individuación e individualidad.
136 - La valoración y la autovaloración.
143 - Hablándole al papá.
149 - El reemplazo de mamá: abuela, guardería, jardín maternal.
153 - La experiencia de Skeels.
158 - Los abuelos.
165 - El vínculo, ¿qué significa?

IV - CUANDO ALGO ANDA MAL / 169

171 - ¡Llora demasiado!
179 - El bebé que no duerme.
188 - El bebé que no come.
200 - El bebé caprichoso.
204 - El bebé pegote.

V - DESPUÉS DEL PRIMER AÑO / 213

Prólogo del Dr. Luis E. Prego Silva

Estimado Miguel:

Yo creí que te conocía bien, porque nos encontramos en familia, en conferencias, en congresos y aun en charlas que se producen en encuentros siempre muy fugaces.

Pero hace unos días llegó una copia del manuscrito del libro que se publicará el año próximo, con una tarjeta que decía: "Le pido que lo lea y si le parece adecuado le pido que me haga una línea de prólogo. Me sentiría muy acompañado".

La lectura de la tarjeta me halagó, pero la lectura del manuscrito me fascinó, porque me permitió conocer a la otra parte del Miguel que no conocía.

En los años que tengo (en edad y en trabajo) he leído muchos libros que se consideraron escritos para padres, para abuelos y para todos los que de alguna manera están con niños.

Se les reconocen sus propósitos didácticos o informativos o simplemente con el fin de orientar a gente que está ante una situación nueva: la llegada de un niño y el tiempo que le sigue.

Pero a todos ellos les faltó lo que tan generosamente da el tuyo.

Es curioso, la lectura se transforma en una experiencia auditiva y casi visual, porque se te oye y se te ve en cada párrafo mostrando una sabiduría, una humildad y una capacidad de entrar en el lector, que solo tienen los grandes.

En ningún momento el relator está compitiendo con lo relatado, aseguras una marcha sincronizada con el lector y sabes muy bien cuándo tienes que ir despacio, porque se está transitando por temas difíciles, me refiero a las definiciones que das de pensamiento, de creatividad y de felicidad, y a la ubicación que haces del investigador y de lo que es investigar, término tan frecuentemente utilizado en las conversaciones entre técnicos ( y no técnicos) y que nada tienen que ver con la verdadera investigación.

Tú la muestras como una actividad difícil que requiere vocación y esfuerzo. Me pareció brillante el incluir el arte y la creatividad como atributos o capacidades innatas del ser humano.

Coincido con Winnicott cuando establece una diferencia entre el arte que busca el aplauso y el que es una simple manifestación del vivir plenamente.

También me interesó lo que dices de la respiración como acto que pone en contacto permanente el interior con el exterior.

Hace unos años traté de demostrar, en un trabajo, que el aire es el primer objeto, antes que el pecho de la madre, y en él hay puntos que podrían tocar las ideas que tú expones.

Tu texto está lleno de comentarios que parecen obvios, por ejemplo: iniciativa es eso, es iniciar una acción por cuenta propia y que sin embargo nos llevan a pensar en "lo que no sabíamos y que creíamos saber".

Tus tres bebés de mamá me recuerdan a los tres niños que reconozco en la consulta: el que inventan los padres con sus proyecciones, el que inventa el técnico desde sus teorías y el desconocido, que es al que debemos descubrir.

Me interesó tu forma de tocar el tema de los límites sin atentar contra las capacidades innatas con las que todos los individuos venimos provistos (y que el ambiente dejará desarrollar o no).

Recordemos a Winnicott cuando dice: lo constitucional es mudo, es el ambiente el que lo hace hablar (tendría que fundamentar el porqué no estoy totalmente de acuerdo con esa afirmación).

Cuando llegas a la descripción del posparto pienso que le faltó destacar la importancia y frecuencia de la depresión de ese período, con tanta influencia en los procesos de integración del bebé, primero, y del individuo después.

Cuando llegamos al Capítulo IV Cuando algo anda mal, tú te presentas con toda tu experiencia de clínico pero con una fineza para explicar las diferentes "patologías" de modo comprensible y tranquilizador.

En suma, gracias Miguel por este doble regalo, el de darme la oportunidad de experimentar un placer mientras te leía, y el de encontrarme con un Miguel tremendamente humano que estaba escondido (al menos para mí).

No quiero terminar estas líneas sin dedicarlas a recomendar la lectura de este libro, para los que ya son padres y que aún tienen mucho que aprender de él; para los que no lo son y algún día lo serán, y muy especialmente para adolescentes.

Al menos en nuestro país, asombra el aumento de adolescentes solteras embarazadas.

No sé si cabe llamarlas solteras, porque muchos de esos embarazos son producto de una accidental unión que no deja lugar para pensar y para sentir que de ello va a surgir una nueva vida y que, como tal, tiene sus derechos a vivirla de modo que pueda ir haciendo un camino hacia una adultez feliz.

Nuevamente, muchas gracias.


Prólogo del Dr. José A. Valeros

Si pudiera me acurrucaría entero en el fondo de mis ojos, puro mirando la rama del naranjo, allí en el punto, arribita de donde la hoja se abraza a la rama, en ese como granito que parece haberle salido en la piel; y lo miraría todito el tiempo, sin pestañear, para hasta ver los brincos de su hinchazón y el alargamiento de ese cuello fino que lleva al capullo de la flor del naranjo hacia fuera de la rama. Y tan quieto me quedaría, si pudiera, que vería el palidecer del verde del capullo hasta ponerse blanco, y al blanco abrirse en abanico y luego irse deshaciendo en fragancia de azahar. Y hasta vería agotarse el perfume y quedarse amarronada de seca la flor, de tanto verterse al viento. Y miraría el desprenderse y la caída de cada pétalo. Si pudiera, eso haría. Pero no puedo. También querría ver el coagular de cada puñado de nube en copos de nieve, y mirarles el juego de liviandad, hasta posarse en el suelo, y ver cómo lo hacen, porque los copos de nieve no caen, se posan.

Y así también con el lago del atardecer, lo miraría incendiarse de cobre y de plata y al final de petróleo.

En verdad todas esas cosas haría, pero no puedo. La sed, el hambre, el sueño y los trabajos me lo impiden.

Pero el haberlas nombrado viene a cuento del libro de Miguel Hoffmann. Tiene que ver con algo que sí pude hacer. Y eso fue mirar y mirar y escuchar y participar del desarrollo de mis hijos día a día, hasta hoy, y de los niños en análisis. Y el despliegue de la persona de los niños que es continuo, también es lo suficientemente pausado como para no notar los ratos en que no se está presente, y entonces tener la ilusión de que uno lo vio todo. Y lo que es más importante, el placer de vivir con los niños.

Eso quiere mostrar Hoffmann; que si bien la crianza es un trabajo, no es solo esfuerzo, es una manera privilegiada de vivir y que no es solo para el bebé a quien van dirigidos los beneficios sino también para los padres. Si hasta uno se olvida de que hubo trabajos y en cambio se recuerda que cada día había una palabrita nueva, o una mejor pronunciada; o un gesto enriquecido, o un interés expandido, o un afecto más definido. Y el autor nos cuenta que no se trata simplemente de que estas satisfacciones les quedan a los padres; es mucho más rico y responsable, porque solo aquello que es reconocido y valorado por los padres en el bebé, queda integrado como propio en la persona del hijo.

Entiendo que el mensaje central del Dr. Hoffmann es que lo más vital y necesario que aportan los padres al desarrollo de sus hijos consiste en reconocer, cuidar, respetar y gozar de las iniciativas propias de sus hijos.

A lo largo de la obra le importa al autor decirlo también desde el anverso: no se trata de empujar, exigir, imponer por parte de los padres, de ahí el título del libro: Los árboles no crecen tirando de las hojas .

El libro de Hoffmann es meduloso, está basado en amplias investigaciones personales del autor y en las de varios estudiosos del desarrollo del bebé. No es fruto de especulaciones de escritorio. Aquí y allá a lo largo del libro, Hoffmann recuerda al lector que sus comentarios se basan en investigaciones. A pesar de esos recordatorios, el estilo intimista y cotidiano de su escritura hace olvidar uno de los méritos del libro: resumir, integrar y transmitir en forma sencilla y precisa una enorme masa de información científica. Para lograr eso hay un se­creto: mucho trabajo. Es más difícil transmitir un conocimiento en el lenguaje de todos los días, que hacerlo usando terminología técnica. Cuando uno usa términos técnicos, puede saber poco, regular o mucho, pero se crea ilusión para el que lo dice y para el que escucha, de que hay sabiduría. Cuando se habla en términos cotidianos no hay escudo, si no se sabe muy bien no se puede transmitir.

Cómo es un bebé y cómo se lo debe criar, son temas que la humanidad supo siempre, tanto que esos conocimientos son el núcleo de cada cultura. Ensegui­da resalta a la vista que no hay una sino muchas formas de concebir a los niños y a la función de los padres. Igualmente, dentro de cada grupo cultural encon­traremos variaciones personales sobre el tema. Más aun, como el Dr. Hoffmann nos describe, cada mamá tiene tres bebés en su persona: "el bebé de su historia personal, el bebé inconsciente, el de su familia, el bebé que iba a tener con pa­pá, o que le pensaba regalar a él. O a su mamá"; el segundo bebé es el concebi­do por la mamá como persona adulta, en donde se destaca el hijo que desea y lo que le desea a ese hijo; y finalmente el tercer bebé es "el de la percepción", el bebé tal cual es.

Creo que el libro de Hoffmann intenta ayudar a los padres a aproximarse lo máximo posible a ver y conocer a su hijo tal cual es. Y le importa porque en la medida en que los padres puedan conocer, tolerar y respetar lo personal de sus hijos, aun difiriendo de sus propias experiencias infantiles y de sus anhelos, en esa medida, promoverán en el hijo un desarrollo que el bebé sentirá genui­no, sólido, propio, y que es la fuente del bienestar.

Nunca es posible una percepción objetiva pura de un hijo, o de nada. Por­que como relata el autor, el cristal con que miramos la realidad, tiene incluidas las experiencias infantiles de uno mismo. Pero sí es factible ayudar a ver al bebé un poco más cerca de lo que realmente es. De toda la persona del bebé hay un área que nos lleva al núcleo central del libro, de las investigaciones del autor y de su concepción psicológica y filosófica sobre el desarrollo de la persona: el va­lor supremo de las iniciativas propias del bebé. Dice Hoffmann que solo a través de sus iniciativas propias, el infante descubre lo que el mundo le significa a él, que es la esencia de lo que se llama creatividad. Y no solo el significado, sino los conflictos que encuentra, que si se basan en sus iniciativas personales, los sen­tirá como propios e intentará encontrar sus soluciones. Esto no significa que un bebé desee o necesite desarrollarse solo, en aislamiento. Por el contrario, necesita de cuidados y ayudas e intercambios permanentes, pero su vivir es enriquecedor en la medida en que se basa en sus iniciativas propias.

Si yo he captado la médula del libro de Hoffmann, esta podría haber sido descripta en pocas páginas. Pero una formulación abstracta no hubiese servido de ayuda, porque ¿a quién se le ocurre no respetar las iniciativas del bebé? Pero más importa aún ¿cuáles y cómo son esas iniciativas? ¿Dónde aparecen y qué conflictos tienen las madres con ellas?

A lo largo del libro, el Dr. Hoffmann lleva al lector a observar los sucesos de la vida diaria del bebé y su mamá en el lugar donde ocurren: el baño, la coci­na, los dormitorios, la sillita del bebé y hasta meterse en los intrincados sucesos del escenario del plato de la papilla. El método que nos sugiere es mirar, mirar, y mirar hasta que de tanto observar el sentido de las pequeñas minucias de la vida diaria, se nos revelen las trascendentales cuestiones que están en juego. En esos momentos del libro, las cualidades de belleza y ética parecen coincidir y a veces la sensación es de tragedia. Si a raíz de la lectura del libro de Hoffmann una mamá, aun haciendo de tripas corazón, le permite a su bebé que use parte de la papilla para jugar a enchastrar y enchastrarse, creo que el autor estará sa­tisfecho de haberlo escrito. Si la mamá ya sabía eso, y naturalmente lo había per­mitido con gracia, la lectura le será simpática y le sugerirá algún otro lugar en donde poder mejorar su apoyo a las iniciativas del bebé.

Cuando el Dr. Hoffmann nos habla de esta manera en que traté de caracte­rizarlo, él nos recuerda que está describiendo la normalidad, y los momentos de éxito de la crianza. Pero en la vida real hay muchos otros momentos que no cur­san naturalmente, hay conflictos y a veces serios. Y de ellos también se ocupa: problemas del irse a dormir y del sueño, dificultades con la alimentación, déficits en la socialización, exceso de llanto, falta de interés por el juego, irritabilidad exagerada, pobre desarrollo del lenguaje, y otros.

El Dr. Hoffmann se refiere a cada uno de estos problemas de la crianza, apor­tando conocimientos sobre su naturaleza, el origen y posibles vías de solución.

Pero aparte de las características propias de cada tipo de conflicto, hay una filosofía de base en las recomendaciones de Hoffmann, común a todos ellos. Piensa, junto a otros autores, que el infante humano nace con capacidades in­natas para aprender. Tiene la capacidad para aprender todo. Y los padres son sus maestros naturales, que de muy diversas maneras le van enseñando día a día lo que hay que aprender a saber, a sentir y a hacer para llegar a ser una persona. ¿Qué persona? Bueno, precisamente, la persona que los padres saben que debe ser y desean que sea su bebé.

El bebé normal es un buen aprendiz; eso sí, lento y gradual en su desarro­llo, aunque tiene también innatamente la tendencia a desarrollarse y madurar. Pero es un aprendiz complicado para sus maestros, los padres. Porque desde el comienzo, a la vez que está aprendiendo lo que se le enseña y acomodándose en general a las expectativas de sus padres; aunque en forma limitada pero con mu­cha firmeza, pretende ser él el maestro, el que decide qué y cómo ser. En esos momentos se revierte la relación del bebé aprendiz, y los padres quedan en la posición de aprender del pequeño maestro, que de tanto en tanto decide cómo quiere ser dormido; con qué y cómo quiere jugar; cómo quiere ser calmado y quién tiene que tomar la iniciativa con respecto a qué. De manera que la tarea constante de los padres de ser los que dirigen y deciden los cuidados continuos del infante se ve interrumpida cada tanto por la activa y decidida actitud de un bebé que demanda que tal cuestión sea resuelta a su manera. Como todo padre sabe, algunos de esos momentos en los que chocan las expectativas de los pa­dres con las demandas del bebé, semejan luchas de titanes en donde ambos bandos parecen jugarse la vida. Y en realidad es así, porque tanto los padres como el bebé se juegan nada menos que la más vital de las aspiraciones de un ser humano, la de ser el agente activo protagonice de la propia vida. Los hechos específicos que desencadenan estos conflictos parecen ínfimos, se juega con la papilla o se come con la cuchara, pero en la profundidad son de una importan­cia capital: "Mi hijo me desilusiona, no es como yo quiero que sea"; y, desde el bebé: “Me impiden ser como yo quiero ser".

Estos conflictos no son evitables: los padres no podrían enseñar y cuidar a un bebé sin un modelo de lo que desean como personalidad para sus hijos; y el bebé no puede llegar a ser una persona si no participa activamente en el diseño de sí mismo. Y si bien no son evitables, sino naturales y necesarios, cabe una sugerencia. Esta es, que los padres no recurran a la coerción, a la fuerza, para someter a los bebés a la expectativa que ellos tienen sobre sus hijos. Que no re­nuncien a los modelos de hijos que quieren, porque los necesitan para guiar sus cuidados, pero que estén preparados para tolerar el dolor que les provocarán las desilusiones que les causarán necesariamente sus bebés.

La tendencia a someter

Cuando el infante desafía las expectativas de los padres y trata de ser a su manera, esto suele provocar intensas ansiedades en los padres. Un sencillo detalle de la vida diaria del bebé, como puede ser su gusto por enchastrar, puede conmover y amenazar profundas convicciones de los padres: lo que es limpio y lo que es sucio; lo que es apropiado y lo que es desatinado; lo que es grato y lo que es abominable; lo que es un bebé obediente y lo que es un bebé desconsi­derado; lo que es un bebé "sano" y lo que es un bebé "monstruoso". Cuando las ansiedades provocadas a los padres por las iniciativas propias del bebé son muy intensas, tenderán a someter al infante por la fuerza. Si estas situaciones se hacen habituales, derivan en vínculos patológicos entre el bebé y sus padres. Desde el punto de vista del bebé, él no podrá seguir el desarrollo a su manera dentro del marco de los modelos ofrecidos por los padres, sino que tendrá que dedicarse a oponerse o entregarse a las exigencias del sometimiento. En cualquiera de los dos casos quedará interrumpida su maduración natural.

Es también normal que surjan momentos en los que los padres no sepan qué hacer o cómo hacer ante un problema de la crianza. Ante estas situaciones cabe una sugerencia: que se guíen por aquello que sus propios bebés les indi­quen sobre la manera de resolver la cuestión. Cuando lo que uno sabe como pa­dre no funciona en un momento determinado, no hay consultor más adecuado a quien recurrir que el propio bebé. Es posible preguntarle su opinión al bebé. Por supuesto, no verbalmente. Pero esto no es una desventaja. Al contrario, al no utilizar el lenguaje verbal evitamos uno de los inconvenientes que tiene el lenguaje, que es la posibilidad de ocultar. En cambio, con sus formas expresivas directas, sus gestos, su estado de ánimo, su estado de interés, el bebé nos puede ir indicando, si nos fijamos atentamente, cuáles son sus necesidades y la mane­ra en que él necesita que las atendamos.

Visto así, es fácil reconocer que el bebé, sin proponérselo, puede funcionar como maestro de sus padres, enseñándoles a ser padres, aunque al comienzo era necesario que supieran cómo serlo. Esto es una paradoja de la vida, que a pesar de las innumerables reyertas cotidianas puede en su conjunto ser muy gozosa y enriquecedora.

Los comentarios se han centrado en la relación del bebé con sus padres, y de estos últimos especialmente al rol de la madre. Esto es natural, la relación del bebé con su madre es preeminente en el primer año de vida. Pero esta re­lación casi exclusiva, necesita cuidados y apoyo de su entorno. El Dr. Hoffmann presta mucha atención al medio ambiente y a su función; concibe estas fuentes de apoyo como capas de cebolla que crean un nido de protección y suministros para la relación de la madre y el bebé. Nos ofrece una detallada visión del sustento que brindan el padre, los abuelos, amigos, otros parientes, pediatras, y diversas fuentes de ayuda.

Para todos los que participan en el desarrollo del bebé, sea centralmente o en forma más alejada, este libro les resultará muy estimulante y agradable. Los iluminará acerca de algunos aspectos que no conocían; y para aquellos que sabían intuitivamente, les ofrecerá un conocimiento más preciso, lo que es siempre satisfactorio.

Comentario del autor a los profesionales que lean este libro

El presente texto es una publicación orientada a padres de bebés de un año o menos, futuros padres, profesionales del área de la pediatría, neonatología, en­fermería, educación temprana y de otros campos vinculados a la infancia. Es para quienes quieran familiarizarse con los conceptos centrales del desarrollo tem­prano, desde una perspectiva integradora de diferentes corrientes pero organi­zado alrededor de un pensamiento que pone su énfasis en la comprensión de los procesos que llevan a la constitución del Ser humano: la espontaneidad, su or­ganización y adaptación, y el surgimiento de la capacidad reflexiva, acompañado del desarrollo de creatividad y el logro de estados de integración. En cómo se llega a ser "uno-mismo", un individuo, de alguna manera: único.

El lenguaje se trató de mantener en un nivel coloquial y de la vida cotidiana, con el fin de abarcar diferentes espectros culturales, socioeconómicos y educa­tivos. Los conceptos son, sin embargo, los esenciales del campo y vigentes en la actualidad.

El autor también tomó ideas del campo psicoanalítico. Las tendencias más familiares para el autor son las de orientación moderna, alrededor de los con­ceptos de la psicología psicoanalítica del Self, especialmente Winnicott y algu­nas cosas del grupo de Kohut. A esto se agregan los desarrollos contemporáneos de autores como Stern, Sander, Lebovici, Emde y otros. O sea, el grupo de psi­coanalistas que hicieron investigación en primera infancia.

La estructura del libro se organiza alrededor de ideas desarrolladas por el autor, sobre la iniciativa humana, la voluntad propia y la capacidad de elegir que se observa en bebés de pocos meses. Estos desarrollos se basan en las investiga­ciones del autor sobre la relación madre-bebé, durante veinte años. La concep­ción teórica del autor lleva a una comprensión del desarrollo temprano como un período crítico para el afianzamiento de la individualidad del bebé, la constitución de un sujeto humano sólido, en función de los desenlaces finales de una fórmula básica:

Preservar la propia espontaneidad frente a las tendencias ambientales de sometimiento a las pautas culturales.

Esto fue bien identificado por Adam Phillips en su biografía de Winnicott , cuando dice: "Al introducir un lenguaje de reciprocidad en la historia del desa­rrollo temprano, Winnicott reformula una parte del relato hecho por Charles Darwin. De hecho, Winnicott revierte la ecuación darwiniana al sugerir que el desarrollo humano fue, con frecuencia, una lucha despiadada contra el sometimiento al ambiente".

Las ideas surgidas de la investigación del autor durante los últimos veinte años en dos culturas diferentes, se pueden sintetizar en las conclusiones siguientes:

  1. El infante humano tiene una individualidad desde los primeros momentos de su vida.
  2. Su individualidad está determinada por sus dotaciones genéticas, pero también por la trama particular de vivencias desde el momento de su comienzo en la vida intrauterina.
  3. El bebé es llevado por una fuerza espontánea, expresión de su vita­lidad, a una búsqueda activa de nuevas experiencias, siendo estas la matriz de la vida psicológica, tanto en su forma de expresarse como en la recolección de vivencias producidas en el contacto con el mundo.
  4. La espontaneidad se expresa en iniciativas, una primera forma de organización psicológica, que reúne vivencias anteriores, esquemas motores, impresiones sensoriales, integrados de manera prepositiva hacia la acción.
  5. El medio ambiente -conjunto cuidador formado por la madre o cuidador/a y otra "capas" sucesivas- recibe el impacto de dicha expresión de individualidad y responde básicamente de dos maneras, aceptando o rechazando. La aceptación podrá ser parcial, negociada o total. El rechazo podrá tener diferentes instancias y modalidades, con grados variables de violencia.
  6. Las motivaciones ambientales para dicho rechazo o aceptación dependen del grado de resolución de la historia personal de ambos padres, pero en particular de la madre o del cuidador principal.
  7. La capacidad negociadora ambiental es un determinante central del grado de realización de los proyectos infantiles y del consiguiente desarrollo, no solo de la individualidad del bebé sino de sus patrones de vinculación con un mundo que le hace o no un lugar; acá, mamá -o cuidador- se convierte en para­digma de "mundo", universo de relación.
  8. La incapacidad de negociación en el cuidador se expresa en una falta de respeto, definido teóricamente por el autor como la tolerancia a la divergencia del desarrollo infantil respecto de las expectativas parentales.
  9. La falta de respeto origina distintos niveles de reacción infantil, desde las simples reacciones aversivas, hasta la conflictividad frontal y total del choque. De aquí a la patología hay solo un paso. El resultado de este período será crucial para el establecimiento de un ser genuino, auténtico, original, individuado, en camino hacia su desarrollo personal a lo largo de todo el ciclo vital. La falla de este proceso determina diferentes grados de adaptación desmedida que generan formas diversas de fracaso en desarrollar un destino propio, cayendo en el sino del determinismo ambiental. Esta pérdida de la autonomía relativa de gestión se acompañará de sensaciones de vacío, irrealidad, despersonalización (con la amenaza latente del suicidio) y de manifestaciones de padecimiento psicosomático, incluso graves y mortales. En el plano social se pueden comprobar diferentes formas de ataque a la convivencia y una deficiencia para el ejercicio de la democracia, la que requiere de una capacidad de respeto hacia el Otro como la que se experimentó para sí y a la cual se debe la individuación y posi­bilidad de ser uno mismo.
  10. Por último, el desarrollo afortunado de estas etapas de negociación del espacio vital llevan a un despliegue de las funciones psicológicas que no solo aseguran la "normalidad" anhelada. En realidad producen algo más significati­vo, como es el surgimiento y consolidación de un nuevo ser con capacidades tales como el pensamiento propio, la creatividad, y un potencial de felicidad más allá de la satisfacción de las necesidades.

"Pensamiento" es entendido en este contexto como la capacidad de pensar pensamientos propios, nuevos, originales o logrando redescubrimientos y no solo la capacidad parcial de un razonamiento lógico o un cálculo matemático más o menos mecánico. Un ejemplo del pensamiento parcializado está dado por los "locos sabios". Un caso que ilustra bien esta idea es la capacidad que tiene el personaje que representa Dustin Hoffman en The Rainman, un autista capaz de complejísimos cálculos matemáticos y una memoria prodigiosa.

La creatividad no es entendida como la restrictiva visión del arte como único campo de creación y se extiende a todos los descubrimientos y formas novedosas de tratar la cotidianidad, resolverla, hacerla afín, domesticarla, darle un toque de humor, hacerla diferente. El arte, o las expresiones culturales activamente ejercidas o pasivamente participadas, forman parte de esta creatividad en la cual se incluye el descubrimiento del sentido de dicho acto cultural.

Por felicidad entendemos aquello que es una suma de vivencias que incluyen la satisfacción placentera, el sentimiento de alegría y aquella expresión más afín a la felicidad que es la experiencia de integración, de ser uno mismo, de tener continuidad en el tiempo. Por más efímero que pueda ser dicho momento de plena integración, deja huellas indelebles, aun cuando no se hayan incluido en esa experiencia la satisfacción placentera de necesidades o deseos y aun faltando la alegría.

Entre ambos extremos, la enfermedad y la salud, se encuentra esa paleta infinita de grises de los que se compone la mayoría de las vidas e incluso la mayoría de los momentos de las vidas más felices o enteras.

El título elegido para el libro es una indicación de estos procesos natu­rales que no pueden ser forzados y que dependen de condiciones ambientales favorecedoras o entorpecedoras, pero que no pueden modificar la naturaleza en el sentido de hacer crecer más allá del sentido natural. En alguna oportunidad este título me fue referido como proveniente de un refrán japonés.

Introducción

Este texto está dirigido a padres con bebés o padres de cualquier edad, que quieren entender el desarrollo emocional de sus hijos o nietos.

He tratado de usar un lenguaje coloquial, de todos los días, apuntando a una comprensión lo más amplia posible. Hay muchas -tantas!- diferencias entre los papas: los que fueron a estudiar varios años y los que estudiaron poco; entre los que tuvieron una infancia feliz y los que fueron abandonados y desgraciados; entre los que entendieron más lo que les pasaba mientras crecían y los que entendieron poco de las cosas que les sucedían al crecer; entre los que fueron descubriendo cosas en el proceso de llegar a ser padres y aquellos que casi no comprendieron lo que significaba tener un hijo propio; entre los que deseaban un bebé y los que fueron sorprendidos. Podríamos seguir hablando de esas diferencias, pero también podemos destacar las similitudes: sorpresas hay para todos. También desencantos. Intensa ocupación y preocupación, dolor, maravillarse; mostrar y exhibir. Negar y exagerar. Una cosa más: necesitar saber, comprender, descifrar todos los misterios de un bebé, de su desarrollo, de lo que nos ocurre en presencia de ese nuevo ser y lo que desencadena en nosotros, en los seres que nos rodean, hijos, cónyuges, padres, hermanos, parientes y hasta los amigos (¿se acuerda de esa chica del trabajo que no podía quedar embarazada? ¿Cómo la miraba, las cosas que le preguntaba?). ¡Una revuelta, una revolución! Todos alterados. Mire cómo le hablan al bebé, señalan cualquier gesto, se ríen de cualquier cosa, se retan entre sí por lo que el otro le dice o hace al bebé. Todos dicen saber qué hacer... hasta que se quedan solos con el bebé. Más finos o más "a lo bruto" esto se da en todas las familias cuando llega un recién nacido. Ni le digo si es el primero de la nueva generación, primer hijo, primer nieto, primer sobrino.

¿Por qué es tan intensa la reacción ante el bebé? Llega y reina, domina el ambiente, hace que todos dirijan su mirada hacia él o ella. Se disputan su pertenencia, el grado de parentesco mayor o menor, el ascendiente, el parecido, su afecto, la primera mirada; y cuando balbucean sus primeras sílabas todos se siente aludidos: "¡Dijo Abu! ¡Abu! ¡Y me miraba a mí!". Hasta los hermanos celosos, con mala onda (pasajera), le andan buscando defectos, con una dedicación que no ponen en otras cosas: "Son grandes las orejas de Juancito, ¿viste qué grandes? Y como separadas. Es medio Dumbo. Jajaja".

Freud, el padre del psicoanálisis, hablaba del bebé como "Su Majestad el Bebé". Es que tiene un poder que no podemos negar. Los estudiosos de la conducta, de animales y humanos, descubren motivos: cuando la cabeza ocupa cerca de un tercio del tamaño de todo el cachorro, los animales mayores lo reconocen como tal, y eso les despierta un instinto que lleva a cuidar al pequeño. La falta de movimientos o los movimientos lentos, los gorjeos, el tipo de llanto espe­cial del bebé, todos serían estímulos que llevan a los animales mayores a cuidar a ese ser indefenso.

Pero no son instintos solamente. El bebé representa la continuidad de la familia, es su prolongación al futuro. También "engrandece a la Nación" como diría algún político. Es la continuación de la especie. Para muchos, un "bien", una "riqueza" que ayudará a sostener a los padres en la vejez. Hay lugares donde matan más recién nacidos mujeres que varones, una "selección" ligada a consideraciones de sobrevivencia, al sentir que un hijo varón es un par de brazos más fuertes para las tareas primarias, la agricultura u otras formas de subsistencia ligadas al trabajo físico.

Serían instintos naturales de cuidar al desvalido , intereses familiares, na­cionales, económicos; deberes con la especie, procrear. ¿Eso solo nos mueve? Seguramente que no bastan como motivos. Hay razones muy personales en toda mujer y también en los hombres para tener un hijo, una hija, que es más que procrear en el cumplimiento de obligaciones, deberes e intereses.

¿Y para un bebé? ¿Cómo es ser traído al mundo? ¿Cualquier motivo, cual­quier forma, le da lo mismo, y desarrollará inmutablemente, sea cual sea el conjunto de motivos de su presencia en el mundo? ¿Qué cosas siente, le pasan, piensa? -¿piensa?-. ¿Cómo digiere el parto, la recepción que le dan, los primeros días, meses de vida? ¿Qué cosas quiere, qué lo mueve, sus deseos de dónde surgen? ¿Tiene planes propios, o viene programado como una computadora? ¿Lo programamos nosotros o la famosa genética? ¿Y eso, la programación, es inmodificable? ¿Por qué algunos salen Einstein y otros Hitler? ¿Cuánto tenemos que ver nosotros los padres, los abuelos, la sociedad, nuestra cultura? ¿Se puede aprender a ser mamá, papá? ¿Le hago caso a mi mamá o hago lo que me parece a mí? ¿A quién le pido ayuda?

De estas preguntas podríamos seguir haciendo varias docenas más, y si les agregamos las de todos ustedes, no hay libro que pueda responder. ¿Entonces para qué este libro que usted ahora empezó a leer? Es una promesa más, otra esperanza de descubrir algo, un pedacito de la verdad que todos queremos conocer. El bebé, el nacimiento, es la vida tanto como la muerte, es el ciclo que nos empuja, nos lleva y a veces se deja espiar. Es el misterio, lo poco de "eterno" que tenemos muy cerca. Nos toca muy adentro, en nuestra historia, siempre revisada. Es nuestro futuro, que cada día es más de nuestros hijos y de sus propios hijos. Por eso, Su Majestad el Bebé nos interesa a todos: a usted que tiene este libro en sus manos, a quien lo escribió, y a todos los que leí para escribirlo, cientos, miles de trabajos y libros sobre el bebé, el desarrollo, la vida, la historia de los humanos, los motivos y razones de su actuar, los mecanismos de su sentir, el origen de sus ideas y pensamientos, el funcionamiento de su cerebro, de su alma o de sus afectos. No se preocupe. No le voy a leer todos esos trabajos.

Le voy a contar solo lo que pude entender hasta ahora. Muy resumido, en pa­labras de todos los días, para que a usted le llegue pero también para no olvidarme que lo que estoy contando es algo de la vida misma y tiene que sonar a como es todos los días. Se van a mezclar las cosas que leí con lo que viví, tanto como médico o psicoanalista o psiquiatra de bebés, como papá y abuelo de varios. Se van a entrelazar también los muchos bebés que conocí, experimenté en mis afectos, no solo pacientes de consultas, sino todos los bebés a los que me acerqué o que me trajeron las madres y los padres por sentirme un amigo de los bebés.

Pero no porque yo escriba estas líneas desde las tripas, usted se tiene que perder los conocimientos a los que tiene derecho. Por eso me cuidé de darle un orden y de incluir los temas que, por consenso entre mis colegas, son considerados los más importantes. En esos temas pensé muchas veces, para dar clases, para escribir algo para mis colegas, o para entender a un paciente. Son cosas que discutí con amigos, con otros colegas en congresos y reuniones. Las ideas principales del conocimiento actual están incluidas en estas reflexiones y si usted quiere estudiar más el tema, podrá hacerlo con los numerosísimos libros exce­lentes que hay. Este libro es solo una introducción, sencilla, en términos corrientes, para las primeras preocupaciones de mamas y papas, sobre el primer año de vida. Pero también para que piense y desarrolle sus propios conocimientos y teorías.

Los investigadores suelen manejar temas muy circunscriptos; cuanto más limitado un tema, mejor se puede asegurar que los resultados sean comproba­bles y reproducibles, dos condiciones básicas para la investigación. En el campo de la investigación, los conceptos deben ser operacionalizables. ¡Qué palabrota! Significa sencillamente que tiene que poder transformarse en algo que se puede medir. Por ejemplo, el concepto de iniciativa lo operacionalizamos definiéndola como: 1) Conducta prepositiva. Tiene un fin, objetivo, meta, que se puede distinguir en una observación, 2) Que no sea el resultado de un acto previo del medio ambiente. Es decir, no es una re-acción a lo que hace mamá o quien cuida; y tampoco es un reflejo, aquellas conductas automáticas desencadenadas por mecanismos del tipo estímulo-respuesta de base neurológica. 3) Que cada categoría (de iniciativa) tenga un desarrollo que cumple con determinados requisitos obligados y optativos. Por ejemplo, una iniciativa de exploración tiene que cumplir con dos requisitos obligados y al menos uno optativo de un total de cua­tro opciones posibles, para poder ser categorizado como iniciativa de exploración parparte de un observador calificado (es decir, conocedor de estas definiciones). Y así más y más especificaciones que forman parte de un Manual de Codifica­ción, construido por los investigadores para cada caso y que debe, además, lograr la coincidencia de dos evaluadores independientes en al menos el 75% de los casos, para ser considerado válido.

No le quiero enseñar investigación, además no es tan simple como para hacerlo en unas pocas páginas. Pero sí quiero decirle de dónde sacamos los datos los investigadores y que no los "dibujamos" según nuestras necesidades. Los datos se obtienen luego de una ardua tarea, que lleva muchos años para unos pocos resultados. Esto da lugar a críticas y descalificaciones por parte de quienes prefieren pensar libremente sin tantas ataduras.

A eso iba. Los investigadores no hacen filosofía, ni hablan de la vida en ge­neral, eso decía más arriba. Pero, una vez terminada la investigación y sobre los datos obtenidos, podemos hacer lo que otros hacen de entrada y muchas veces sin asegurarse de la validez de aquellos datos de los que parten para hacer sus desarrollos: podemos dar explicaciones, sacar conclusiones, proponer relaciones entre las cosas y hacer proyecciones. Y eso es lo que quise compartir con usted en este libro: qué ideas me surgieron mientras realizaba y luego de hacer las investigaciones con las mamas y los bebés, que ocuparon más de veinte años. Integrando además en esas conclusiones mi otra experiencia, la de "clínico" en salud mental, es decir el que se ocupa de pacientes, de los que padecen por su manera de ser, los que tienen síntomas derivados de su historia personal, de su desarrollo y maduración.

O sea, en este librito le propongo una manera de comprender el desarrollo de su bebé que les dará sentido a los próximos años: los del desarrollo de su hijo o hija, más allá de la primera infancia. Para eso hago uso de la combinación de conclusiones obtenidas en treinta y cinco años de trabajo clínico y veinte de investigación.

Claro que esto no es una garantía de certeza, es solo un modo de comprender el sentido que tiene el desarrollo humano, tomado desde su comienzo y teniendo en cuenta los primeros escenarios de la relación individuo-medio ambiente, aquello que Ortega y Gasset llamaba "el hombre y sus circunstancias", aquel "dime con quién andas". O el concepto periodístico de entorno.

En rigor de verdad, habría que poder tomar en cuenta muchos más esce­narios de interacción, por ejemplo las etapas de escolaridad, el ingreso en la vida adulta, la formación del vínculo conyugal. Y eso lo hacen otros estudiosos, pero todos partimos de la idea de una correlación entre desarrollo individual y las condiciones impuestas por el medio ambiente.

Como el primer año se debe a la concepción y al embarazo, incluimos unos pocos temas de ese período. Para no quedar descolgados de un proceso que incluso es más largo todavía que esos nueve meses anteriores. También hacemos algunas reflexiones sobre el resto de las cosas que van a suceder después del primer año, para que vea la relación que pueden tener con ese período y lo que ocurre dentro de él.

Un último comentario: no quise hacer demasiado énfasis en las advertencias, cuidados, desvíos de la normalidad. La intención es brindarle un relato de lo que sucede en la gran mayoría de los casos, cómo transcurre un desarrollo normal.

Al final del libro, le cuento un poco sobre lo que son los trastornos más comunes del desarrollo: en el comer, el dormir, el crecer, el relacionarse. Cuando esos trastornos -que aparecen en una u otra forma en cualquier desarrollo- se instalan, todo se agrava, se complica; ustedes se van a sentir desubicados, perdidos, angustiados, enojados. Hablarán, o volverán al pediatra por ayuda. Si con eso no avanzan hasta lograr sentir que retomaron el manejo de la situación, pídanle a su pediatra orientación psicológica. Si no tienen medios, hay algunas instituciones de honorarios reducidos o gratuitos. Algunas obras sociales y organizaciones de medicina prepaga también ofrecen ayuda. Si sienten que no logran a lo largo de algunas semanas tener claro lo que pasa y cómo manejarlo, insistan en obtener ayuda.

¡Buena suerte en este Primer Año!


1 (LRPr) Phillips, Adam, Winnicott. Fontana Press, London.
(LR: Lectura Recomendada)

2 LRPr: Lectura Recomendada para Profesionales).
Ponemos aquí el énfasis en una acción que es respuesta y no una espontaneidad del sujeto.

3 The Rainman (MGM-EE.UL 1 .), Director Barry Levinson; con Tom Cruise, Dustin Hoffman.

4 Si tiene oportunidad de estar en el campo, acuéstese en el pasto y verá cómo vacas o caballos se le van a acercar hasta casi olfatearlo. Esta indefensión de un ser tirado, inmóvil, produce una atrac ción automática en el animal adulto.

5 ¿Todavía los presidentes apadrinan al séptimo hijo varón? ¿O habrán aceptado a las mujeres y apadrinan al séptimo, del sexo que sea?

6 ¿Cómo harán con esos instintos todos los filicidas de los que hablábamos? Todavía tenemos más preguntas que respuestas.

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